Discurso sobre la Pena de Muerte

El orador, insigne escritor y premio Nobel de la paz, estaba en el camerino repasando sus notas para el discurso que daría en breves momentos. El auditorio del CISVER (Centro de Investigaciones Sociológicas de Vernácula), con capacidad para mil quinientos espectadores, estaba totalmente abarrotado. Las localidades, a unos precios prohibitivos, estaban agotadas desde hacía meses.

El humanista y pensador no estaba nervioso, llevaba toda la vida hablando en público y dando conferencias, estaba acostumbrado a mandar y a que todo el mundo le obedeciera. Pero no le hacía falta chillar, ni amenazar, ni intimidar de ninguna manera a sus interlocutores, su convicción a la hora de exponer sus ideas era tan fuerte que nadie se planteaba llevarle la contraria, y además la gran mayoría de las veces tenía toda la razón del mundo. Sus exposiciones eran brillantes y sus conclusiones abrían puertas para arreglar los problemas más acuciantes del planeta.

Su asistente llamó a la puerta con los nudillos: “Es la hora”. No hacía falta más, un hombre que hablaba tanto no necesitaba escuchar más palabras que las estrictamente necesarias. Se echó una mirada de reojo al espejo, se ajustó la corbata y se dirigió a dar su conferencia. Con paso firme y decidido salió al escenario. La ovación fue atronadora. Colocó sus notas en el atril, bebió un poco de agua y esperó a que los aplausos se apagaran completamente.

Buenas noches, señoras y señores, los últimos datos estadísticos nos muestran que la escalada de la delincuencia en nuestro país es alarmante, los robos con violencia han aumentado un veintidós por ciento y los asesinatos un catorce. Por esta razón algunos de nuestros políticos se están planteado endurecer las penas de cárcel, incluso hay quien propone reinstaurar la pena de muerte. No puedo entender cómo una sociedad civilizada puede legislar sobre la vida de los demás ¡Quiénes somos nosotros para determinar quién debe vivir y quién no!

Su elocuencia provocaba a cada frase un sonoro y rotundo aplauso. La conferencia transcurría como era de esperar. El orador se detuvo unos instantes para dar un gran trago de agua y continuó:

No me cabe en la cabeza que haya gente a favor de la pena de muerte, ¿es que hemos perdido la capacidad de raciocinio? ¿Es que no nos queda compasión? (El conferenciante se fue exaltando y subiendo el tono cada vez más) ¡No puedo, ni podré nunca, estar a favor de la violencia; pero eso es lo que se merecen los que están a favor de la pena de muerte, porque son inhumanos, habría que sacarles de su error por la fuerza, aunque hubiera que torturarlos…! ¡A los que están a favor de la pena de muerte habría que matarlos, por violentos, por asesinos… por no respetar la vida humana!

Parte del público, presa de la excitación, comenzó a gritar: ¡Pena de muerte para los que estén a favor de la pena de muerte! Una mujer de mediana edad miraba estupefacta a su compañero de butaca que, con el puño amenazante, se sumó a la locura colectiva cada vez más multitudinaria. En pocos segundos prácticamente todo el aforo del auditorio coreaba consignas violentas contra los violentos. Los pocos que permanecían callados en sus asientos fueron golpeados sin piedad por la gente de alrededor como sospechosos de apoyar tácitamente la pena de muerte. Poco después, los que coreaban más fuerte empezaron a mirar con reticencia a los que coreaban más flojito. Los rubios empezaron a desconfiar de los morenos y los altos de los bajos, los delgados de los gordos y los viejos de los jóvenes. La carnicería fue brutal. Es lo que tiene la violencia.

Moraleja: Cuando dije “No a la guerra”, quise decir “No a todas las guerras”.